
Este capítulo final trae las enseñanzas en Santo Moly Juntos, revelando la paradoja viviente que subyace en el corazón de la salvación: es a la vez personal, compartida y divina.
Cada uno de nosotros es responsable de su propio crecimiento. Nadie puede hacerlo por nosotros. Requiere esfuerzo, honestidad y la voluntad de renunciar a las comodidades habituales del yo inferior. Sin embargo, no podemos recorrer este camino solos. Necesitamos que otros reflejen lo que no podemos ver en nosotros mismos y nos apoyen para afrontar la verdad. Y más allá de todo esto, necesitamos la presencia viva de Cristo, sin la cual el camino sería demasiado difícil de sobrellevar.
Esto crea una verdadera trinidad: nuestra propia voluntad, la ayuda de los demás y la presencia de Cristo en nuestro interior.
El crecimiento se manifiesta a través de la paradoja. Debemos actuar y rendirnos. Debemos valernos por nosotros mismos y abrirnos al apoyo. Debemos afrontar nuestras faltas sin renunciar a nuestro valor intrínseco.
Al alinear nuestra voluntad con la voluntad de Dios, algo cambia. Lo que antes se sentía como sacrificio se convierte en libertad. Lo que antes se sentía como esfuerzo se convierte en gracia.
En definitiva, la salvación no se encuentra en otro lugar. Se descubre en nuestro interior, donde la presencia de Cristo ha estado siempre.
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