
El camino para encontrar la verdadera fe comienza por encontrarnos con nosotros mismos tal y como somos, donde estamos.
Todos tenemos nuestras propias historias sobre nosotros mismos. Generalmente son versiones idealizadas de quiénes creemos que deberíamos ser —o necesitamos ser— para sentirnos seguros y amados. Para ser competentes. Para sobrevivir.
Cuando dejamos de lado estas historias y simplemente empezamos a observar lo que sucede en nuestro interior, damos nuestros primeros pasos en el camino. La vida nos brinda un sinfín de oportunidades para conocernos a nosotros mismos.
¿Cómo nos desenvolvemos en la vida? ¿En qué momentos nos sentimos tensos o incómodos, resistiéndonos o resistiéndonos a ella? ¿Dónde nos paraliza el miedo? ¿Confiamos en nosotros mismos? Nunca somos una sola cosa fija; fluctuamos momento a momento a lo largo del día.
El viaje comienza por sentir curiosidad por nuestras reacciones, deseos, creencias y sentimientos a medida que surgen. Y simplemente por observarlos.
Esta disposición a confrontarnos con nosotros mismos implica ser más honestos. Dejamos de lado el autojuicio y la búsqueda de la superación personal para simplemente observar la realidad tal como es. Al ser más honestos con nosotros mismos, también comprenderemos cómo gran parte de nuestras interacciones con la vida y los demás están influenciadas por las creencias ocultas que llevamos inconscientemente en nuestro interior.
Cada interacción se convierte en un espejo útil, porque nuestras reacciones emocionales tienen una historia que contarnos sobre algo interior que espera ser comprendido.
Nuestro camino espiritual se vuelve íntimamente personal cuando estamos dispuestos a afrontar con sinceridad lo que realmente está aquí, dentro de nosotros.

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