Nuestro camino comenzó con el trabajo espiritual de simplemente encontrarnos con nosotros mismos. Esto, naturalmente, abrió nuevas posibilidades para experimentar la vida más allá de nuestra realidad cotidiana. Ahora, a medida que nuestro trabajo y exploración espiritual se profundizan, comenzamos a enfrentarnos a lo que se interpone en el camino para alcanzar esas posibilidades.

Todos tenemos el derecho —y la responsabilidad— de elegir conscientemente cómo queremos vivir la vida. Sin embargo, nuestra vida y nuestro trabajo espiritual nos llevan a tomar conciencia de nuestras creencias ocultas, reacciones emocionales y actitudes destructivas. Estas empañan nuestra vida y nos causan dolor y frustración porque parece imposible controlarlas.

Con demasiada frecuencia, actuamos de forma contraria a nuestros propios intereses.

Esto puede ser difícil de afrontar. Podemos sentir vergüenza de lo que descubrimos, o estar convencidos de que ciertas partes de nosotros mismos nos hacen indignos de amor. Incluso podemos avergonzarnos de nuestra mejor versión: del amor, la bondad y la grandeza que residen en nuestro interior.

Podemos intentar escondernos de nosotros mismos y de los demás. Podemos intentar alejar esas partes de nosotros lo más posible. Pero no es posible hacer que desaparezcan. Y tampoco es necesario.

Nuestras distorsiones pueden enredarse en cada aspecto de nuestra vida: nuestra fuerza vital, el placer, las relaciones y nuestro sentido de la equidad y la justicia. Lo que se manifiesta en nuestra vida no es una serie de eventos aislados, sino un reflejo del entramado que reside en nuestro interior.

En lugar de condenar estas partes de nosotros mismos o fingir que no existen, el trabajo consiste en estar dispuestos a verlas. En comprenderlas, aceptarlas y asumir la responsabilidad de ellas. Lentamente, con delicadeza, firmeza y mucha compasión.

Lo que bloquea nuestra luz no está separado de nosotros. Es una parte de nosotros que se ha distorsionado. No hay necesidad de rechazar esta parte de nosotros.

A medida que realizamos este trabajo, los muros que nos separan de nosotros mismos —y de lo divino que reside en nuestro interior— comienzan a disolverse.

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