A estas alturas, empezamos a comprender la verdadera naturaleza de la realidad, que se compone de mucho más que lo que podemos tocar y sentir. Incluye las formas que se crean a partir de nuestras opiniones y creencias, así como de nuestras emociones y actitudes.

Cuanto más fuertes y profundas sean nuestras convicciones, más sustanciales serán las formas que existen en nuestra alma.

Una forma de alma creada a partir de una mentira, y luego enterrada en nuestro inconsciente, podría convertirse en un serio obstáculo.

Acerca de las formas del alma

Las formas del alma que tejemos a partir de la verdad perdurarán para siempre; son indestructibles. Existen simultáneamente en un Mundo Espiritual de luz y nos colman de felicidad y armonía.

Así, cuando albergamos opiniones y sentimientos sinceros, experimentamos armonía. Esto nos hace sentir afortunados.

Por otro lado, las convicciones y emociones erróneas tienen una vida limitada. Solo perduran mientras persistan esas actitudes distorsionadas. Pero cuanto más nos aferramos a estos aspectos equivocados, mayor es su impacto negativo en nuestras vidas.

Puede que parezcan "irreales", pero su forma puede ser bastante sustancial.

No estamos inventando nada, entonces, cuando describimos nuestro camino espiritual como un paisaje. Habrá zonas espinosas y acantilados escarpados. El camino a veces será tedioso y peligroso, y estará lleno de piedras.

Afortunadamente, también encontraremos prados apacibles y vastas extensiones bañadas de luz. Esto es lo que nos impulsará hacia el próximo obstáculo que debemos superar.

Esto no es meramente simbólico; tales formas existen realmente. Son la suma total de todo lo que pensamos, creemos y sentimos.

Es nuestra realidad interior la que crea los obstáculos. Por eso, ahí es donde debemos buscar —aunque el camino sea incierto— abriéndonos paso en la oscuridad. Ahí es donde debemos realizar nuestro trabajo.

Nuestras convicciones y conclusiones erróneas sobre la vida se vuelven más poderosas cuando se deslizan hacia la niebla de nuestro inconsciente. Esto, en realidad, tiene todo el sentido del mundo.

Porque todo aquello que está a la vista, puede ser corregido si no está bien. De esta manera, cuando algo sucede en la vida, puede cambiar nuestra perspectiva.

Con demasiada frecuencia, no sabemos a qué conclusión llegamos. Como resultado, no sabremos si debemos reconsiderarla y posiblemente cambiarla cuando nos expongamos a nueva información. En la oscuridad, se vuelve rígida y, por lo tanto, aún menos propensa a cambiar.

No es difícil ver entonces cómo una forma creada a partir de una falsedad podría convertirse en un serio obstáculo para nosotros. Por eso es tan importante desenterrar lo que yace enterrado en nuestro inconsciente.

El abismo de la ilusión

Hay una forma de alma que merece ser mencionada en particular, pues existe en cada uno de nosotros en mayor o menor medida. Esta forma tiene la apariencia de un abismo y está compuesta enteramente de ilusión. Podríamos llamarla, entonces, un «abismo de ilusión».

Este abismo no es real, pero sin duda lo parece. Hasta que, claro está, damos los pasos necesarios para ver lo que realmente es: una ilusión.

Podemos sentir que hemos caído en un abismo cuando no podemos aceptar que este es un mundo imperfecto. O cuando, por mucho que lo intentemos, no podemos desprendernos de nuestra voluntad egocéntrica.

Ni siquiera es que queramos algo dañino o malo. Es solo que queremos que todo se haga a nuestra manera.

Cuando estamos atrapados en este abismo —y quizá no lo hayamos pensado así antes—, tememos no lograr lo que queremos. Claro, no todos somos así. Pero en algún aspecto de nuestra vida, esta extraña forma interior, este abismo aterrador, existe. Y nos conviene buscarlo.

Cuando lo encontremos, sabremos la verdad de estas palabras.

Sentimos que nuestra vida está en peligro si este no es un mundo perfecto. Este es el miedo fantasma en el que debemos sumergirnos. Porque este es el abismo.

Lo que necesitamos descubrir

El tamaño de este abismo varía para cada persona. Pero, ya sea un cráter o una depresión, solo podemos disolverlo si tomamos conciencia de él y nos entregamos a él. En otras palabras, debemos mirar esta amenaza directamente a los ojos y no pestañear.

Entonces podremos empezar a ver que esta ilusión no representa ninguna amenaza.

Digamos que no le caemos bien a alguien. O que no se comporta como queremos. Esto, en sí mismo, no constituye una amenaza. De igual manera, no es un desastre mirarnos a nosotros mismos y ver que, de alguna manera, somos inadecuados. Pero no lo sabremos realmente hasta que lo descubramos por nosotros mismos.

Una vez que aceptemos nuestra propia insuficiencia, o que el otro la tenga, podremos renunciar a nuestra voluntad que exige perfección. Pero antes de eso, sentiremos un grave peligro si cedemos, si nos soltamos, si nos entregamos a este aparente abismo.

Nos sentimos atrapados en este abismo. Y, sin embargo, la única salida es soltarnos y dejarnos llevar por completo. Cuando lo hagamos, descubriremos que sucede algo asombroso. No nos estrellamos. No perecemos.

Flotamos.

En el momento de sentir la fuerza de la verdad, nos daremos cuenta de que aquello que nos ponía tensos —aquello que nos llenaba de ansiedad y miedo— era una ilusión tan grande como este abismo. Con esta nueva realidad, podremos ver que nada verdaderamente adverso nos sucede jamás.

Es una ilusión esperar que este abismo desaparezca por sí solo. La única manera de que desaparezca es arriesgándonos, poco a poco y luego una y otra vez, a sumergirnos en él. La buena noticia es que cada vez es más fácil.

Esto sucederá cada vez que alguien haga algo con lo que no estemos de acuerdo. O cuando alguien presente algún defecto. O tal vez sintamos temor ante una frustración que no podemos racionalizar.

Todo esto amenaza nuestro mundo utópico.

Sentimos que nuestra vida está en peligro si este no es un mundo perfecto. Este es el miedo fantasma al que debemos adentrarnos. Porque este es el abismo. Y estamos al borde del mismo.

Pero recuerda, es un abismo construido completamente a partir de la ilusión.

En resumen, queremos libertad sin responsabilidad. Queremos un dios indulgente y mimado que nos consienta.

¿Cómo sería la utopía?

Si la utopía fuera real, ¿cómo sería? Primero, explorémosla desde la perspectiva de los aspectos jóvenes e inmaduros de la personalidad humana. A esto podríamos llamarlo el niño interior, esa parte que se pierde en las luchas a vida o muerte.

Aquí, utopía significa que obtenemos todo lo que queremos, como lo queremos y cuando lo queremos. También queremos libertad total, sin responsabilidades. En nuestra infancia, esto es precisamente lo que deseamos.

Queremos que exista una autoridad suprema y amorosa que cuide de nosotros. Que guíe nuestra vida para que siempre consigamos lo que deseamos.

Nosotros tomamos todas las decisiones. Y cuando todo sale bien, nos llevamos el mérito. Pero si algo malo llegara a suceder, jamás debería ser culpa nuestra. No queremos que exista ninguna relación entre lo que hicimos y cómo resultaron las cosas.

En realidad, nos volvemos muy hábiles en este tipo de subterfugios. Logramos ocultar con éxito —al menos en nuestra propia mente— que estamos relacionados de alguna manera con las cosas malas que suceden a nuestro alrededor. Esto significa que ahora se requiere un gran esfuerzo para establecer esas conexiones.

Todo esto se debe a que, en nuestra faceta más inmadura, deseamos responsabilizar a una autoridad externa de lo que sale mal.

En resumen, queremos libertad sin responsabilidad.

Queremos un dios indulgente y mimoso que nos consienta. Si no encontramos un dios así —y, por supuesto, no lo encontramos—, lo llamamos monstruo y nos alejamos de él por completo.

Entonces, proyectamos nuestras expectativas sobre este Dios indulgente en las personas que nos rodean. O tal vez las depositemos en una filosofía o en un maestro. No importa a quién o a qué se las atribuyamos, siempre y cuando no tengamos que renunciar a ellas.

Esto se convierte entonces en un elemento básico de nuestro Imagen de DiosEstá compuesta por todo aquello que inconscientemente creemos que es cierto acerca de Dios, pero que no tiene fundamento en la verdad.

Cada uno de nosotros debe indagar en su interior para descubrir cómo y dónde se cumple esto para nosotros. ¿Dónde deseamos la libertad absoluta sin responsabilidad personal?

Podría ser flagrante, o podría ser sutil e indirecto.

Pero, sin excepción alguna, esto existe en algún lugar dentro de todos nosotros.

Por qué la utopía es una ilusión

Sin duda, si fuera posible ser libre y no tener ninguna responsabilidad, eso sería la utopía. Pero, lamentablemente, es imposible. No podemos ser libres y estar exentos de responsabilidades al mismo tiempo.

En la medida en que eludimos nuestra responsabilidad y la atribuimos a otra persona o cosa, en esa misma medida limitamos nuestra propia libertad. Nos esclavizamos.

Es tan simple como eso.

Podemos ver cómo este principio se aplica al mundo animal. Nuestras mascotas no tienen libertad, pero tampoco son responsables de conseguir su propio alimento y refugio. Los animales salvajes, en cambio, son libres —o al menos más libres—, pero son responsables de cuidar de sí mismos.

Esta ley se aplica dondequiera que miremos. Está presente en nuestra elección de trabajo, así como en nuestra elección de gobierno. Sin embargo, donde más la hemos pasado por alto es en nuestras propias almas. Si no asumimos la responsabilidad, en la medida de lo posible, tenemos que renunciar a la libertad.

Hay aspectos inmaduros de nosotros mismos que evitan deliberadamente establecer esta conexión. Nuestro niño interior anhela una sola cosa: la utopía; pero esta no existe. La utopía es una ilusión. Y el precio que debemos pagar por mantenerla es altísimo.

Cuanto más intentamos evadir el pago de un precio justo por la libertad —en este caso, el precio es la autorresponsabilidad—, mayor es el precio. Esto opera según leyes espirituales ineludibles.

Cada vez que observamos una enfermedad en nuestra alma que luego se manifiesta en el cuerpo, estamos evadiendo el pago de un precio necesario. Insistimos en hacer las cosas a nuestra manera y queremos que sea fácil.

Pero a la larga, pagamos un precio más alto por eludir nuestra responsabilidad.

Parte de este precio reside en el enorme derroche de energía y esfuerzo que invertimos en forzar la vida a satisfacer nuestras demandas. Nos estremeceríamos si pudiéramos ver cuánta energía emocional interna malgastamos en esto. Si nos liberáramos de esta ilusión, podríamos utilizar esa energía de una manera muy diferente.

Sin embargo, nos ha dado mucho miedo asumir la responsabilidad propia. A estas alturas, este miedo se ha convertido en gran parte de nuestro abismo. Tememos que, si asumimos la responsabilidad propia, caeremos en él y seremos absorbidos por completo. Así que seguimos esforzándonos en la dirección opuesta, agotando valiosos recursos personales.

Ahora nos parece que renunciar al mundo de la utopía equivale a lanzarnos de cabeza a este abismo. Parece un peligro enorme dejar de lado nuestra exigencia de salir siempre con la nuestra. Luchamos contra esto con todas nuestras fuerzas.

Nos alejamos del borde del abismo y malgastamos valiosas fuerzas en vano. Literalmente tememos ser infelices si tenemos que renunciar a nuestra aspiración a la utopía.

Desde esta posición precaria, el mundo se vuelve desolador y sombrío. Nunca podremos ser felices porque, enterrado en nuestro inconsciente, reside la errónea idea de que la felicidad exige una perfección absoluta en todos los sentidos.

Sin embargo, nada de esto es cierto. Todo forma parte de una gran ilusión.

Renunciar a la utopía no hace que nuestro mundo sea sombrío. No hay razón para desesperarse por renunciar a nuestras exigencias infantiles de satisfacción inmediata al 100 %. Y, sin embargo, esto es lo que todos tememos hacer.

La única forma de descubrir que esto es una completa ilusión es, primero, sentir que existe en nuestro interior. Podemos notar dónde se manifiesta en la vida cotidiana. Y en ese momento, necesitamos armarnos de valor para adentrarnos en ello.

De lo contrario, nunca se disolverá.

Solo nos sentimos impotentes porque nosotros mismos lo hacemos, al eludir nuestra responsabilidad.

Un concepto erróneo general sobre la vida

Detrás de nuestro deseo irracional de libertad sin asumir responsabilidades subyace una idea errónea generalizada sobre la vida. Y será de suma importancia que comprendamos esta idea.

Es lo siguiente: Creemos que podemos sufrir daño debido a la arbitrariedad de la vida. Que podemos ser perjudicados por el destino o por el dios sobre el que tenemos una imagen —o una conclusión errónea—. O por la ignorancia y la crueldad de los demás.

Este miedo es una ilusión, es un abismo. Y la única razón por la que existe es por la forma en que evitamos la responsabilidad propia. Porque si no queremos ser responsables de nuestra vida, alguien más debe serlo.

Si no nos aferráramos tenazmente a nuestra idea de utopía —donde disfrutamos de total libertad sin asumir ninguna responsabilidad—, seríamos verdaderamente independientes. Seríamos los dueños de nuestro propio destino.

Seríamos nosotros, seríamos los único unos—creando nuestra felicidad y nuestra infelicidad.

Al ver cómo funcionan todas las conexiones internas y las reacciones en cadena, no temeremos convertirnos en víctimas. Podríamos relacionar cada incidente desfavorable de nuestra vida con alguna actitud interna errónea, sin importar cuán equivocado estuviera el otro.

Pero nunca fue su error lo que nos afectó. Fue solo que su error pudo haber afectado nuestro error interno ya existente. Una vez que comprendamos esto, perderemos el miedo a sentirnos indefensos.

Solo estamos indefensos porque lo hacemos a nosotros mismos cuando nos alejamos de la responsabilidad. Cuando miramos las cosas de esta manera, comenzamos a ver el alto precio que pagamos por insistir en la utopía. Pagamos todos los días con nuestro miedo.

Pero en realidad, no podemos sufrir daño alguno por las malas acciones o defectos de otra persona. Esto es cierto, por mucho que a simple vista parezca lo contrario.

Pero ese no es el nivel en el que encontramos la verdadera realidad. Debemos ir a la raíz de las cosas. Debemos encontrar las formas que creamos.

Ganando la libertad de la utopía

Cuando nos negamos a mirar más allá de las apariencias, es porque nos negamos a renunciar a la esperanza de que el mundo de la utopía pueda ser nuestro. Entonces, debemos seguir temiendo a la gente, sus juicios y sus malas acciones.

Puede que nos guste pensar que somos víctimas, pero eso no lo convierte en realidad. Y permanecer en este estado mental es señal de que nos negamos a asumir nuestra responsabilidad.

Incluso en un desastre masivo, como la humanidad ha presenciado bastantes, algunas personas se salvarán milagrosamente, y otras no. No podemos justificarlo alegando coincidencias. Ni diciendo que fue obra de un dios-monstruo que elige a sus favoritos y castiga al resto. O que recompensa el buen comportamiento y arroja al resto al fuego.

Dios está en cada uno de nosotros. Y esa parte divina, semejante a la de Dios, regula las cosas de una manera tan maravillosa que todas nuestras actitudes erróneas inevitablemente saldrán a la superficie. Algunas se manifiestan con mayor intensidad en un momento u otro.

Pero tarde o temprano, todos saldrán a la luz.

Todos nuestros errores y actitudes erróneas internas se activarán por las aparentes faltas y malas acciones de otras personas. Somos como diapasones: la nota de una persona hace cantar a la otra. Por lo tanto, es lógico que, si no tenemos errores que resuenen en nuestro interior, no responderemos.

Al realizar este trabajo de autodescubrimiento, buscamos encontrar en nuestro interior la nota correspondiente que vibra a raíz de la provocación de otro. Entonces dejaremos de sentirnos víctimas.

Aunque en parte disfrutamos señalando con el dedo, es un placer dudoso. Nos debilita y, al final, siempre nos hace sentir más temerosos.

Este miedo es lo que nos mantiene encadenados.

Debemos afrontar nuestra propia insuficiencia. Esto nos hará más fuertes, no más débiles. Nos liberará.

Abrazando la autorresponsabilidad

Una vez que veamos cómo todo encaja, tendremos que afrontar nuestra propia incompetencia. Pero hacerlo nos hará más fuertes, no más débiles. Nos liberará. Debemos entrenarnos para seguir este camino hasta el final. Nuestro objetivo es encontrar las notas vibrantes en nosotros mismos en lugar de culpar a los demás por hacer ruido.

Primero debemos identificar nuestra propia contribución, por débil que sea. Luego, debemos superar por completo la experiencia interior indeseable. Después, ya no le temeremos al mundo.

Si hemos hecho esto y aún tememos la insuficiencia de los demás, solo hemos arañado la superficie. Quizás hayamos descubierto algún factor que contribuye al problema, pero no hemos obtenido la imagen completa.

Al no descubrir toda la verdad, no logramos sacar a la luz la importancia de la autorresponsabilidad. Porque una vez que la comprendiéramos, naturalmente ya no querríamos eludirla.

Es más, si hacemos bien este trabajo, no nos sentiremos culpables por lo que encontremos. Con el enfoque adecuado, simplemente no hay lugar para eso. La culpa, en el fondo, es una forma de autocompasión. Es como decir: «No puedo evitar ser como soy. Así que debo sentirme culpable por lo que no puedo evitar».

Sin esa autocompasión, no sentiríamos la culpa que no hace más que sofocar nuestros esfuerzos por descubrir más sobre nosotros mismos.

Si nos adentramos en nuestro inconsciente, encontraremos suciedad. Descubriremos errores, fallos y actitudes desagradables. Pero reconocerlos no implica culpa alguna por nuestra parte. Son nuestras deficiencias, las cuales somos perfectamente capaces de afrontar y asumir.

La vida en el planeta Tierra no es una utopía, y no somos perfectos.

Esto no es una tragedia.

Necesitamos crecer

Ser adulto y tomar decisiones independientes implica inevitablemente cometer errores. Sin embargo, el niño que llevamos dentro, que aún se aferra a la utopía, cree que siempre debemos ser perfectos.

Cometer un error es caer al abismo. El antídoto es lanzarse, cometer un error y descubrir que flotamos.

Es nuestra parte infantil la que cree que pereceremos. Esta parte también debe pensar que tomar decisiones independientes —de las que somos responsables— es una lucha enorme. Necesitamos analizar a fondo antes de descartar esto en nosotros mismos, ya que podría ser muy sutil y estar muy oculto.

Aquí estamos de nuevo, en la línea de salida. Nos dejamos engañar por la ilusión de que nunca debemos ser inadecuados. Esto nos lleva a rechazar la responsabilidad personal, mientras seguimos deseando ser libres.

Además, creemos que nunca debemos equivocarnos. Nuestro miedo a cometer errores y nuestra culpa por sentirnos inadecuados nos hacen infelices. Y todo esto —absolutamente todo— se basa en una ilusión.

No necesitamos disolver completamente este abismo para sentirnos plenamente liberados. Basta con ver y observar su existencia y el efecto que tiene en nosotros. Con esto, podemos intentar conectar los acontecimientos externos con los errores internos.

Comprender que el mundo no es arbitrario liberará mucha energía que, hasta ahora, se ha alimentado inútilmente del miedo. Así, descubriremos que nuestra verdadera creatividad fluye de nuestro ser más de lo que jamás imaginamos.

La comprensión correcta

Quizás nos preguntemos: "¿Por qué no había oído hablar de esto antes? ¿Por qué esta enseñanza espiritual ha sido tan desconocida?". Hay una muy buena razón para ello. La humanidad necesitaba alcanzar primero cierto nivel de desarrollo.

En particular, debíamos aprender a comprender y trabajar con la dualidad. Solo así podríamos utilizar este conocimiento correctamente. Porque si lo malinterpretamos, sin duda podríamos hacer un mal uso de él. Y eso podría ser realmente perjudicial.

Si nuestro yo inferior se disfraza en nuestra vida, podríamos decirnos a nosotros mismos: "Sabes, puedo ser tan egoísta como quiera, ¿y a quién perjudicaré? Mis malas acciones solo me afectan a mí".

Por supuesto, eso no es lo que se ha querido decir aquí. Y esto, en sí mismo, parece una completa contradicción con lo que se acaba de decir.

Por un lado, decimos que las malas acciones de otros no pueden perjudicarnos. Y, al mismo tiempo, decimos que si nos dejamos llevar por los instintos de nuestro yo inferior, podemos dañar a los demás.

Pero ambas afirmaciones son ciertas. Y ambas pueden ser falsas si se interpretan erróneamente.

Esta es una de esas aparentes paradojas con las que debemos reflexionar en meditación para poder encontrar la verdad que se esconde tras las palabras. No son una contradicción.

En cualquier nivel de nuestro ser en el que enviemos comunicaciones a los demás, en ese mismo nivel responderán ellos.

Cómo nos afectamos unos a otros

He aquí otro aspecto a considerar que podría ayudar a resolver esta aparente paradoja. Sabemos que la psique humana está compuesta por diversos niveles, a los que algunos llaman cuerpos sutiles. En cualquier nivel de nuestro ser enviamos comunicaciones a los demás, en ese mismo nivel responderán.

Lo que emana de nuestro Ser Real interactuará con el Ser Real y divino del otro. Lo que proyectamos desde nuestra máscara activará la máscara, o las defensas, de la otra persona.

Esto significa que lo que reside en el inconsciente de una persona siempre afecta al inconsciente de los demás. Por ejemplo, si una persona se muestra reservada y tímida, esto provoca que la persona con la que se comunica reaccione de la misma manera, aunque lo exprese de forma diferente.

Si no somos sinceros o actuamos por orgullo, el otro nos devolverá algo similar. Pero si somos sinceros y espontáneos, recibiremos esa respuesta.

Esto no es difícil de observar en nosotros mismos si estamos dispuestos a prestar atención a las capas menos evidentes de nuestra personalidad. Entonces podremos comparar cómo lo que dimos se corresponde con lo que recibimos.

Si empezamos a hacer esto, dejaremos de dejarnos engañar por las apariencias. Quizás nuestra timidez sea evidente, mientras que la de otros se disimule con descaro. Pero ambas provienen del mismo nivel interior.

Podemos empezar a comprender este tipo de interacción. Así podremos ver cómo es posible que nunca resultemos perjudicados por otra persona. Sin embargo, sería perjudicial actuar contra los demás cediendo a nuestros instintos más bajos.

En nuestro trabajo, debemos seguir estas pistas y avanzar por este camino. Finalmente, descubriremos la verdad de estas palabras. Entonces, nuestra vida entera cambiará.

No somos víctimas. No necesitamos luchar para ser perfectos. Pero sí necesitamos luchar para ser personas más íntegras.

Podemos liberarnos

No deberíamos aceptar estas palabras solo intelectualmente. Más bien, debemos darles un buen uso práctico, experimentándolas en nosotros mismos y en nuestras vidas. Entonces podremos trabajar en la dirección correcta, alineados con nuestra firme determinación de encontrar y vivir en la verdad.

Si seguimos este camino, sabremos que nada que no hayamos logrado por nuestra cuenta puede llegar a nosotros. Y que esto no es algo de lo que avergonzarse.

Debemos observar qué nos refleja nuestra vida. ¿Qué se está ocultando? Entonces debemos corregir los errores internos que nos cuesta admitir. Así podremos verlos como una medicina útil y constructiva.

No somos víctimas. Y no necesitamos luchar para ser perfectos. Pero sí necesitamos luchar para ser personas más íntegras.

Trabajando de esta manera y aplicando estas verdades, podemos liberarnos.Huesos: una colección de bloques de construcción de 19 enseñanzas espirituales fundamentales

Huesos: una colección de bloques de construcción de 19 enseñanzas espirituales fundamentales

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