Una verdadera trinidad
La paradoja de la salvación
A lo largo de este viaje hemos explorado algunas de las cuestiones más profundas de la vida humana.
¿Por qué nos resistimos a Cristo?
¿Por qué la vida se desarrolla a través de la lucha y la dualidad?
¿Cómo se alejó tanto la humanidad de Dios, y cómo se abrió un camino de regreso?
Ahora llegamos a la pregunta final:
¿Cómo vivimos realmente esta verdad?

Esto nos enseña cómo encontrar el equilibrio entre dominarnos a nosotros mismos y entregarnos al Gran Maestro.
Vivir en la paradoja
Si realmente nos pedimos conocernos a nosotros mismos, reconocer nuestra capacidad de ser amados y la belleza de nuestro verdadero espíritu, recibiremos ese conocimiento.
Porque eso es lo que realmente significa la salvación.
Y Cristo lo hizo posible.
Como él mismo dijo, él es el camino, él es la verdad y él es la vida.
Después de lo que logró, ya no es inútil intentarlo.
Dios comprende nuestra naturaleza humana. Por eso, el perdón ya existe para aquellas cosas de las que podemos avergonzarnos.
Él sabe que tenemos que pasar por nuestros pecados para poder reconocerlos y elegir un camino diferente.
Este proceso de transformación tiene lugar en el mundo de la dualidad. Esta es la realidad de los opuestos, donde todo se divide en dos opciones: una u otra.
Por eso, puede resultarnos difícil comprender que el aspecto personal de la salvación —esta idea de que Jesús está aquí para ayudarnos— contiene tres verdades paradójicas:
- Somos responsables de nuestra propia salvación. Nadie más puede hacer este trabajo por nosotros.
- Sin embargo, no podemos hacerlo solos. Necesitamos a otros que recorran este camino con nosotros, personas que a menudo pueden ver en nosotros lo que nosotros mismos no podemos ver.
- Y sin Dios, sin la presencia viva de Jesucristo, esta tarea estaría mucho más allá de nuestras fuerzas.
Nuestra salvación es nuestra propia elección.
Para superar esto se requiere nuestra intención, nuestra responsabilidad personal, nuestra voluntad y nuestro esfuerzo.
A veces, puede sentirse como un sacrificio.
Tenemos que dedicar nuestro tiempo y energía a trabajar en nosotros mismos.
Abandonar un hábito del yo inferior puede sentirse como un sacrificio tremendo.
Tendremos que renunciar a algunas gratificaciones decadentes del Yo Inferior, al menos por un tiempo, para que los placeres superiores puedan echar raíces.
Nadie, ni siquiera Dios, puede obligarnos a hacer esto si no queremos.
Porque eso iría en contra de todas las leyes espirituales cuyo autor es, al fin y al cabo, Dios.

Cuando nuestra voluntad se alinea con la voluntad de Dios, redescubrimos la libertad que nos fue dada desde el principio.
Juntos ganamos perspectiva
Pero a menudo nos encontramos en esta situación, inmersos en nuestras ideas erróneas, demasiado involucrados y ciegos para ver nuestra propia responsabilidad.
Necesitamos el espejo que otros pueden ofrecernos.
También debemos estar dispuestos a mirarnos en esos espejos.
Tenemos que abandonar nuestras pretensiones y defensas, y estar dispuestos a mostrarnos tal como somos.
Esto requiere vulnerabilidad y total sinceridad interior.
Necesitamos aprender a recibir, aunque al principio esto nos haga sentir débiles, porque solo así podremos dar de nosotros mismos.
Podemos dar muchas cosas antes de esto.
Pero no podemos entregarnos verdaderamente hasta que aprendamos a recibir.
Trabajar con los demás cumple la ley de la fraternidad, que también podríamos llamar la ley de la humanidad compartida.
Sencillamente no podemos llegar a la cima de la montaña por nosotros mismos, a través del aislamiento y la separación.
Quienes intentan hacerlo tienen sus propias razones. Pero en el fondo, evitan exponerse ante los demás.
Cualquier éxito que logren entonces será, en el mejor de los casos, solo una solución a medias y no podrá perdurar.
Simplemente no se basa en la realidad espiritual ni práctica.
Por último, podemos canalizar nuestra agresividad positiva hacia acciones constructivas, como dedicarnos a nuestro camino espiritual.
Lo hacemos decidiendo cada día afrontar la verdad en situaciones difíciles o confusas.
Entonces podremos cumplir la ley de la hermandad superando nuestra resistencia a mostrarnos tal como somos en realidad.
Finalmente, llegamos a un punto en el que nuestras emociones, reacciones e incluso nuestras creencias no responden únicamente a la fuerza de voluntad.
Entonces, necesitamos constantemente poderes superiores que nos ayuden a encontrar el camino. Porque debemos trabajar a niveles más profundos que los que podemos controlar únicamente con nuestro ego.
Esto nos enseña cómo encontrar el equilibrio entre dominarnos a nosotros mismos y entregarnos al Gran Maestro.
Esta perspectiva abre nuevas puertas, haciendo que la relación personal con Jesucristo se convierta en una realidad viva.
Una vez que nos sintamos sostenidos en sus brazos, acunados en el consuelo que solo Cristo puede dar, jamás volveremos a dudar.
Aunque podemos perder este sentimiento y necesitar redescubrirlo una y otra vez.
Hasta que, finalmente, toda nuestra consciencia se llene del Cristo interior.
Escucha atentamente y siente la realidad de esta bendición.
Cuando nuestra voluntad se alinea con la voluntad de Dios, redescubrimos la libertad que nos fue dada desde el principio.
Cuando buscamos conocer a Jesús, estamos trabajando para nuestro propio bien más profundo.
Cada uno de nosotros es una causa por la que vale la pena luchar.
Y cuanto más nos abrimos a Cristo, más descubrimos la verdad que reveló desde el principio:
El Reino de Dios vive dentro de nosotros.
Esta es la verdadera trinidad:
nuestra voluntad,
la ayuda mutua y
la presencia viva de Cristo en nuestro interior.
La luz de Cristo entra en el mundo cada vez que elegimos la verdad, la humildad y el amor.
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